“Yo no estaba buscando ‘rejuvenecer’. Solo estaba cansada de verme agotada en el espejo. Tenía el entrecejo marcado incluso cuando estaba relajada.
En el ritual entendí algo que me cambió la perspectiva: los músculos faciales pueden contraerse más de 10.000 veces al día, y mi cara estaba en tensión permanente.
En el día 4 noté algo concreto: dejé de apretar la mandíbula sin darme cuenta. Y cuando eso pasó, mi frente literalmente se suavizó.
En una semana mi cara se veía más abierta y descansada. No es que desaparezcan las líneas mágicamente… es que dejan de profundizarse.”